Y no hace falta irnos a una lÃnea de tiempo para entenderlo.
El rock y el metal nacieron de la misma idea: no seguir el molde que la industria imponÃa. Surgieron de músicos que decidieron hacer las cosas a su manera, aun cuando eso significara ir contra la corriente.
De ahà nacieron artistas que no solo hicieron canciones, sino que construyeron identidad, discurso y legado. Leyendas que todavÃa influyen en generaciones enteras.
Lo que sà cambió fue el escenario.
Con la llegada de internet y las redes sociales, las grandes compañÃas aprendieron a dominar la atención. Invierten cifras enormes en marketing, espectáculo, métricas y percepción. Shows gigantes, luces, narrativa inflada y productos diseñados para durar lo justo mientras generan consumo.
Eso hace que muchos confundan visibilidad con relevancia.
Pero el rock y el metal nunca fueron eso.
No se trataban de fama inmediata, ni de validación masiva. Se trataban de pertenecer a algo. De encontrar en un riff, una letra o una atmósfera, algo que iba más allá de lo literal.
Una forma de canalizar emociones que no siempre son aceptables en la superficie: ira, tristeza, frustración, pasión, catarsis. Decir —o gritar— lo que muchas veces la sociedad prefiere callar.
Eso no desaparece.
Eso se transforma.
El rock y el metal no murieron: dejaron de ser el centro del escaparate, y regresaron a donde siempre pertenecieron: a la gente que los vive, no solo que los consume.
Y si a ti no te provoca nada, está bien. No todo es para todos. Cada quien encuentra su lugar. Pero para quienes sà conectan con esto, no es una moda, ni una etapa: es una cultura, una forma de entender la música y, muchas veces, la vida.
El rock y el metal siguen vivos porque nunca dependieron del algoritmo.
Dependieron —y dependen— de quienes los sienten.

